La incapacidad de mirar a los ojos… adicción digital

Una de las primeras preguntas planteadas por la filosofía clásica se enfoca principalmente en el hombre, múltiples reflexiones se han originado en torno a esta pregunta fundamental ¿qué es el hombre?, en consecuencia una serie de respuestas respecto del hombre, su origen, su constitución, etc., han colmado el mundo y la historia de la filosofía.

El origen y naturaleza de dichos cuestionamientos, han planteado desde diversas aristas definiciones de hombre, modelos antropológicos que responden a las necesidades contextuales e históricas de determinada época, sin embargo, preguntarnos por el hombre es más fundamental que las respuestas que emanen de dicho cuestionamiento, más allá del sustento psicológico, sociológico o antropológico de quien responda, preguntarse por el individuo necesariamente nos remitirá a preguntarnos por el paradero del género humano en la actualidad.

¿Es el hombre planteado por las distintas etapas de la historia de la filosofía el que nos interesa analizar?, en primera instancia sí, atendiendo a una necesidad académica, sin embargo, un complejo esquema al respecto, no agotaría la actualización contemporánea de la pregunta en sí.

¿Qué es el hombre del Siglo XXI?, ¿cuáles son los parámetros antropológicos que lo caracterizan?, ¿bajo qué categorías culturales se constituye?, son algunas de las preguntas que actualizan el problema del hombre contemporáneo.

Bajo un contexto en el que la preeminencia de la tecnología es evidente y apabullante, entender la posición del hombre bajo estos parámetros resulta un ejercicio por demás retador, si bien el ideal de la conformación de un mundo hecho a la medida del ser humano y de su desarrollo cada vez más pleno resulta maravilloso, los retos que este ideal plantea son más agrios que dulces.

Si bien los beneficios que la tecnología ofrece al ser humano son múltiples, los retos también los son, diversos autores abordan de manera extensa el tema desde el plano social, emocional, antropológico, espiritual, etc.

Distintos estudios advierten de los riesgos que implica ‘dejarse deslumbrar’ por el ‘milagro de la tecnología’ que si bien reafirmamos ha traído innumerables beneficios al género humano, también le ha conferido innumerables miserias.

Estudiosos en la materia abordan la incapacidad, cada vez mayor, de las personas para interactuar con sus semejantes de manera ‘análoga’ sin la mediación de una interfaz digital, incluso, de la dificultad que los menores van desarrollando para apropiarse del conocimiento, la incapacidad para concentrarse o retener información.

Así como el desarrollo de la débil certeza de que el hombre tiene acceso al mundo a través de una plataforma digital que le permite ‘mediar’ de modo insuficiente con un entorno que requiere mucho más que ser espectador.

En consecuencia, la angustia derivada de la inconexión digital o la ausencia del internet que se produce en todos aquellos que son nativos o emigrantes digitales, está más que estudiada y es sabido que una persona promedio consulta su dispositivo móvil una gran cantidad de veces a lo largo de una hora y que la imposibilidad de hacerlo les genera angustia e incluso malestar.

Mirarse a los ojos se ha vuelto una figura del pasado sustituida por la ‘versatilidad’ de los avatares y los emojis, anquilosando toda relación humana que ose apartarse de un dispositivo móvil.

La relativización de los ideales de ser humano ha permeado hasta el grado de vivir el eros de la conexión.

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